¿Pleonasmo, ironía, descripción detallada de una situación? Catón clava sus escenas en la época como Alexander Dumas pére decía que lo hacía en la Francia de los comunards, pero el resultado es distinto: El estado del Estado, una novela tan contemporánea que parece arder en nuestras manos, aturdirnos de irrealidad y actualidad, con personajes que deambulan y conspiran como los siete locos alrtianos. Y una ciudad saturada, con una expectativa de violencia superior a los 451 grados Fahrenheit.
Una realidad y, de rebote, una parecida a la de cada día, cada caída. ¿Naturalismo en ciernes, situacionismo de inventario, rabia real, arena como la que pisan, con el fervor de Osvaldo Lamborghini en “Sonia o el final”, los camellos del desierto? Todo eso y mucho más, algo que parece pasar en medio de una alucinación y un estornudo: fantasmas que cruzan la ciudad caudal –y hasta la recta provincia– provistos de anhelos y desesperanzas. Una alegría de fondo causa furor porque incendió a sus anchas la pereza y la melancolía. Esta Buenos Aires de cigarrillos electrónicos y paisajes apocalípticos, con resueltas y casi exclusivas ráfagas eróticas, no alcanza, sin embargo, porque, apenas consultada su reserva, solo caduca su reverso.
Catón no precipita las acciones, las deja perdurar hasta que se resignen o redunden sin reposo. Las fantasías plenas de la inestabilidad del Estado las asienta sobre la narración de un conocimiento muy íntimo de las fibras políticas, de los entreveros, de los entresijos del poder, de las luces y sombras que permiten seguirle los pasos a los personajes de esta novela y perder, en palabras que parecen signos impostergables, las señas de identidad del estado de ánimo en el estado de cosas.

El estado del Estado - Catón

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¿Pleonasmo, ironía, descripción detallada de una situación? Catón clava sus escenas en la época como Alexander Dumas pére decía que lo hacía en la Francia de los comunards, pero el resultado es distinto: El estado del Estado, una novela tan contemporánea que parece arder en nuestras manos, aturdirnos de irrealidad y actualidad, con personajes que deambulan y conspiran como los siete locos alrtianos. Y una ciudad saturada, con una expectativa de violencia superior a los 451 grados Fahrenheit.
Una realidad y, de rebote, una parecida a la de cada día, cada caída. ¿Naturalismo en ciernes, situacionismo de inventario, rabia real, arena como la que pisan, con el fervor de Osvaldo Lamborghini en “Sonia o el final”, los camellos del desierto? Todo eso y mucho más, algo que parece pasar en medio de una alucinación y un estornudo: fantasmas que cruzan la ciudad caudal –y hasta la recta provincia– provistos de anhelos y desesperanzas. Una alegría de fondo causa furor porque incendió a sus anchas la pereza y la melancolía. Esta Buenos Aires de cigarrillos electrónicos y paisajes apocalípticos, con resueltas y casi exclusivas ráfagas eróticas, no alcanza, sin embargo, porque, apenas consultada su reserva, solo caduca su reverso.
Catón no precipita las acciones, las deja perdurar hasta que se resignen o redunden sin reposo. Las fantasías plenas de la inestabilidad del Estado las asienta sobre la narración de un conocimiento muy íntimo de las fibras políticas, de los entreveros, de los entresijos del poder, de las luces y sombras que permiten seguirle los pasos a los personajes de esta novela y perder, en palabras que parecen signos impostergables, las señas de identidad del estado de ánimo en el estado de cosas.