Que ya el primer poema de Lo no-excluyente, libro escrito en castellano, acuse al castellano de insuficiente (no existe palabra en este idioma / que exprese el concepto ‘sin sombra’) nos da la idea de que nos enfrentamos a una obra como mínimo desafiante, o tal vez insolente. Pero el gesto provocativo que aquí se emprende no es contra las palabras de un idioma sino más bien contra los discursos obsoletos que la costumbre y el ejercicio de poder instituyen sobre esas palabras, encubriendo su íntima alteridad, “su propia sombra”. Y es mediante los restos de esos relatos –que por sí solos se corroen y pudren (los discursos estereotipados de la reciente historia argentina, las frases hechas del placer, del chamuyo o de la borrachera)– que GOYENECHE (1986), en el seno de “la villa de la palabra”, elabora su estética. Reunión de escombros y residuos ineludibles que conforman el esqueleto, las vigas desnudas de una edificación derrumbada: versos de apenas una palabra, o de dos, que por su limpidez y laconismo a veces evocan, en sus mejores momentos, el arte de maestros como Juarroz o Ungaretti. Pero es esta poética del muladar, de empastuchar o cirujear la basura de otros, lo que hace de Lo no-excluyente una cartografía muy personal, casi radioactiva o tóxica. / Michel Nieva

 
 

Lo no-excluyente - Goyeneche

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Que ya el primer poema de Lo no-excluyente, libro escrito en castellano, acuse al castellano de insuficiente (no existe palabra en este idioma / que exprese el concepto ‘sin sombra’) nos da la idea de que nos enfrentamos a una obra como mínimo desafiante, o tal vez insolente. Pero el gesto provocativo que aquí se emprende no es contra las palabras de un idioma sino más bien contra los discursos obsoletos que la costumbre y el ejercicio de poder instituyen sobre esas palabras, encubriendo su íntima alteridad, “su propia sombra”. Y es mediante los restos de esos relatos –que por sí solos se corroen y pudren (los discursos estereotipados de la reciente historia argentina, las frases hechas del placer, del chamuyo o de la borrachera)– que GOYENECHE (1986), en el seno de “la villa de la palabra”, elabora su estética. Reunión de escombros y residuos ineludibles que conforman el esqueleto, las vigas desnudas de una edificación derrumbada: versos de apenas una palabra, o de dos, que por su limpidez y laconismo a veces evocan, en sus mejores momentos, el arte de maestros como Juarroz o Ungaretti. Pero es esta poética del muladar, de empastuchar o cirujear la basura de otros, lo que hace de Lo no-excluyente una cartografía muy personal, casi radioactiva o tóxica. / Michel Nieva