Así como en aquella novela de Claque Michelet, La gran muralla, en la que el personaje hereda una tierra pedregosa sobre la cual construye un muro y ese trabajo termina siendo la razón de sus días, Verónica Yattah ha recibido arena, otra materia en apariencia inútil. El ayer de una piedra o su pulverización: una consistencia volátil con la que sólo puede montarse lo que se desarma y sin embargo, otorga sentido: “Confiábamos en la belleza de eso que éramos capaces de hacer/ con arena”, dice. O más bien, entrando en el corazón de la metáfora, podríamos decir que confía en la belleza (salvadora) de la que las palabras son capaces. Pero no por sí mismas: esas palabras, tan bien elegidas, necesitan ser escritas por su mano alquimista, la de un mago transformador como el del Tarot –al que alude en uno de sus poemas, para hablar de la figura paterna- que devuelve a la simpleza de una escena su poder de milagro. Porque lejos de perderse en lo agraciado o seductor de una forma, Yattah nos reconduce al valor real que el torbellino de los acontecimientos oculta. Para eso, no es jamás brusca, su estilo, a veces elíptico, es suave y tan preciso como sugerente: “Los poemas se parecen más a una puerta entornada –define a modo de ars- y quiero seguir mirando eso que apenas muestran”.

Frágil, pero sin miedo, el amor habla en estos versos inspirados en la piedra sin labrar de la vida cotidiana. Celebrando el presente y recomponiendo el pasado de la historia personal, estos poemas nos cuentan cómo cuerpo y escritura constituyen, si quieren, el mismo refugio identitario: “… lo que se tuvo una noche, si de verdad se tuvo/ se tiene otra vez. Fui alguien conduciendo un auto/ en medio de una ruta/ hasta cruzarse en mi camino, algo/ que me hizo frenar el paso./ Ese algo fue el beso que le di a otra chica/ la noche en que mi cuerpo/ fue por primera vez además de mi cuerpo/ mi casa”, dice. Sutil y al mismo tiempo visceral, la de Verónica Yattah es, sin dudas, una de las voces que más y mejor brillo le dan a la poesía de su generación.

Piedra grande sin labrar - Verónica Yattah

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Así como en aquella novela de Claque Michelet, La gran muralla, en la que el personaje hereda una tierra pedregosa sobre la cual construye un muro y ese trabajo termina siendo la razón de sus días, Verónica Yattah ha recibido arena, otra materia en apariencia inútil. El ayer de una piedra o su pulverización: una consistencia volátil con la que sólo puede montarse lo que se desarma y sin embargo, otorga sentido: “Confiábamos en la belleza de eso que éramos capaces de hacer/ con arena”, dice. O más bien, entrando en el corazón de la metáfora, podríamos decir que confía en la belleza (salvadora) de la que las palabras son capaces. Pero no por sí mismas: esas palabras, tan bien elegidas, necesitan ser escritas por su mano alquimista, la de un mago transformador como el del Tarot –al que alude en uno de sus poemas, para hablar de la figura paterna- que devuelve a la simpleza de una escena su poder de milagro. Porque lejos de perderse en lo agraciado o seductor de una forma, Yattah nos reconduce al valor real que el torbellino de los acontecimientos oculta. Para eso, no es jamás brusca, su estilo, a veces elíptico, es suave y tan preciso como sugerente: “Los poemas se parecen más a una puerta entornada –define a modo de ars- y quiero seguir mirando eso que apenas muestran”.

Frágil, pero sin miedo, el amor habla en estos versos inspirados en la piedra sin labrar de la vida cotidiana. Celebrando el presente y recomponiendo el pasado de la historia personal, estos poemas nos cuentan cómo cuerpo y escritura constituyen, si quieren, el mismo refugio identitario: “… lo que se tuvo una noche, si de verdad se tuvo/ se tiene otra vez. Fui alguien conduciendo un auto/ en medio de una ruta/ hasta cruzarse en mi camino, algo/ que me hizo frenar el paso./ Ese algo fue el beso que le di a otra chica/ la noche en que mi cuerpo/ fue por primera vez además de mi cuerpo/ mi casa”, dice. Sutil y al mismo tiempo visceral, la de Verónica Yattah es, sin dudas, una de las voces que más y mejor brillo le dan a la poesía de su generación.